Pufff, qué tenga paciencia dices. Qué fácil es decirlo


“Hay que tener paciencia” es uno de esos mandamientos del profesional ideal. Así que para ver si realmente, lo hemos de vivir como una obligación o como una decisión saludable, partimos de la definición, poco alentadora, que da la RAE sobre paciencia: “capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”. La definición, a priori, no es muy seductora, ya que “tener que + padecer + soportar” lo podemos percibir como una obligación pesada e irritable.

Además, en la empresa, nos vemos sumergidos en un mar de pensamientos e inquietudes, al encontrarnos con las situaciones de nuestro día a día y en las que nos vemos arrollados por la impaciencia, la prisa y la irritación. Nos encantaría ser más eficientes, dedicar menos tiempo a cada tarea, obtener de manera más rápida la respuesta adecuada a las situaciones que se presentan. El hecho de que compañeros no actúen o piensen de la misma manera que nosotros, es también una posible situación que no ayuda a que la paciencia esté presente. O también, por el deseo de que el otro haga algo con más diligencia. Añadiendo, que muchas veces pensamos que la rapidez es sinónimo de eficacia.

La práctica de la paciencia nos lleva a una mayor autoestima y aumenta la efectividad en la tarea. El hábito de una actitud paciente se consigue desde la calma que nos aporta el autoconocimiento y la observación. Este hábito se ha de entrenar paso a paso, modificando o creando los patrones para llegar al estado deseado.

El hábito de la calma provoca resultados más seguros y rentables. Asimismo, las personas de nuestro entorno se sentirán más valoradas y escuchadas, mejorando su rendimiento y proactividad en el trabajo.

Te invitamos a que reflexiones un instante sobre lo que quieres lograr y si el ritmo al que acometes las tareas, es el más adecuado para ti y para la consecución de los resultados.